RELATOS

China

China 04 · Feng se detiene

Hongcheng Road, Nanchang, Provincia de Jiangxi.

Acaso la niebla, o el tráfico incesante y eterno, quizá fuese la vida bajo los puentes, o las avenidas que no conducían a nada bello, a ningún paisaje cálido. No sabía definir el motivo de tanto deambular, del por qué pararse en mitad de las aceras frías, siempre húmedas. Qué sería lo que le obligaba a frenar y dar vueltas sobre sí mismo mirando hacia todas partes, en busca de nada porque todo lo perdió hace ya muchos años. Era una fuerza mucho mayor a un impulso, porque los impulsos existen para saciar alguna necesidad o producir algún placer, pero cada cierto tiempo Feng tenía que detenerse, mirar, girar sobre sí mismo como un perro al que le molesta su propio rabo y desea arrancárselo, y ese reflejo no respondía a estímulo alguno, no le producía placer ni saciaba ninguna sed.

 

Era difícil caminar a su lado. Uno no sabía si imitarle o esperar a que reanudara la marcha observándole como a un paciente diagnosticado, con los síntomas conocidos y previsibles de una enfermedad con la que ya se convive. Lo más tedioso no era interrumpir el recorrido ni tampoco verle buscar algo con desesperación, algo que no necesitaba encontrar. Lo peor era no saber si él era consciente de sus movimientos. Además, Feng nunca escuchaba. Hablaba en un torrente de liberación, un monólogo continuo en el que se filtraban todos los pensamientos que le salían del corazón y se dirigían hacia la cabeza, porque a Feng todo le salía del corazón, y en lugar de llevar todo ese dolor a un rincón de su mente para luego soñarlo u olvidarlo, a Feng se le derramaba por la boca y uno tenía que ser testigo pasivo de un subconsciente errante y parlante.

 

Era difícil estar a su lado, porque no era ningún loco. Con los locos es fácil estar porque no se les toma en serio y no se les hace caso, sus peroratas son como el mugido de un campo sin pastos en plena sequía, no tienen sentido y resultan exasperantes, tristes. Los discursos de Feng eran gusanos en las orejas, sanguijuelas que se introducían en el tímpano y se asían al cerebro, chupando la energía del oyente, porque todo lo que decía Feng parecía importante, unas veces por demasiado ambiguo otras por demasiado lapidario, pero siempre había que escucharle, estar atento a él, pues la sensación de perderse algún detalle trascendental de su historia o la respuesta al por qué de tanta rareza obligaba a tenerle vigilado.

 

Era difícil permanecer a su lado porque si no era un loco, quién podría explicar lo que era. Tal vez era como Edgar Allan Poe, un loco con intervalos de horrible cordura, o tal vez fuese un acérrimo cuerdo incapaz de desprenderse de la realidad. En sus soliloquios mezclaba desengaños recientes y recuerdos de infancia, como por ejemplo que el éxodo rural lo encontró con las hormonas alborotadas; su padre un día decidió que el dinero era mucho más valioso que los sembrados y la casa de sus antepasados, los vendió en una transacción rápida e hiriente, una punzada certera que se le clavó hasta el día de hoy, en el que habla de su padre con la rabia que le brota en forma de saliva blanca por la boca, la misma por la que se le escapan los pensamientos, los deja fluir porque no sabe cómo quedárselos para sí, no conoce otra manera. Llegó a la ciudad después de una niñez tranquila, y desde que su padre les cambió los arados por estas calles semimuertas, o semivivas -duda qué es lo que mejor las califica-, desde entonces todo ha sido un crecer de prisa, un ir y venir convulso, acumulando pasos que no llevan a ningún lugar.

 

Era triste estar con Feng porque no había alivio. Vivía en los momentos de dolor, se quedó en todos los instantes de su vida que le adhirieron al pasado, ya fuese la autoridad de su padre o la huida de su madre tres años después de haber llegado a la ciudad, ya fuese la muerte de su mejor amigo o la mentira sobre cómo su hermano había conseguido multiplicar la suma que les pagaron por la casa; no había consuelo para tanta desdicha, y quién sabe si ese detenerse sin motivo y girar sobre sí mismo, esa costumbre esporádica e insoportable de interrumpir su camino para dar vueltas sobre su propio eje, como la tierra, quién sabe si esa no era su forma de calmar al perro rabioso que llevaba dentro.

China 03 · ¿Dónde estás Lin Ki?

Barbacoa de la calle JinTu, Xiangtan, Provincia de Hunan.

Se sacudía la cabeza constantemente. El recuerdo que creía sepultado bajo miles de horas de juego y soledad fue desenterrado en un golpe seco, preciso. Alguien metió su mano bajo el túmulo y de un tirón devolvió a la vida aquellos años trabajadamente olvidados. Se sacudía la cabeza en espasmos que duraban un segundo, movimientos de negación repetitiva con los que intentaba acallarlo, devolver el recuerdo al agujero de la amnesia selectiva.

 

El día en que todo volvió a su memoria se levantó, como siempre, para ir a cargar bloques de hierro. Como siempre, a la hora de comer se había sentado con Xun para comentar la partida de la noche anterior, y, como siempre, habían discutido porque Xun le acusaba de tramposo. Tras la comida había vuelto a trabajar hasta la seis de la tarde, hora en la que se reunía con Xun y el resto en la barbacoa de la calle JinTu.

 

Pero aquel día necesario, escrito en los márgenes de su historia como la corrección ineludible, el juego no iba a sanarle. A las seis de la tarde, desde el puesto número 76 de la cola de trabajadores que fichaban el fin de la jornada, descubrió a Lin Ki fuera, esperándole, apoyada en la moto de él, igual que cuando era una adolescente y le esperaba al salir del colegio apoyada en su bicicleta color óxido. Ya durante todo ese día había intuido su presencia, un espesor en el aire, un olor a jengibre y pintalabios con el que la había sentido en todas partes. Por ello verla no le sorprendió. La observó ahí, de pie, asimilando su presencia con el placer que sienten los que saben que siempre tienen razón.

 

En ese instante se dio cuenta de que la había estado esperando desde aquel adiós en la calle embarrada y polvorienta de su pueblo natal, el de ambos, donde fueron todo lo felices que se puede llegar a ser. Había conseguido extraerla de sí mismo gracias a una receta mágica de olvido y perdón, pues no se permitió, bajo ninguna circunstancia, evocarla, traerla a su presente, consciente de que su imagen convertiría todos sus aciertos en equivocaciones.

 

Conforme la cola avanzaba el olor a jengibre hacía que el polvo en el aire se transformara en una pasta densa e irrespirable. Ya sólo quedaban 53 trabajadores delante de él, para que llegase su turno y pudiese salir, saludarla, simular que le sorprendía su visita, o quizá no, quizá demostrarle que la había estado esperando todo este tiempo en un ademán de desidia. Los trabajadores iban saliendo, dejando la fábrica metálica en la que rebotaban las gotas de lluvia produciendo aquel sonido punzante que le recordó a la casa de ella, esos quince metros cuadrados, se acordó de la cama que a su vez era mesa y sofá, como ellos eran lagartos y pájaros al mismo tiempo, frotándose el uno en el otro y echando a volar en el mismo instante en que se corrían, como se corren los adolescentes ingenuos que creen que sólo puede uno correrse si hay amor. Se acordó de sus grititos, agudos y calientes, y uno de sus compañeros en la cola le preguntó, de qué te ríes, y quiso decirle, de lo graciosa que era la mujer que amé cuando hacía el amor y después se quedaba dormida mientras la lluvia azotaba el techo de plástico y yo me preguntaba cómo demonios podía dormir con ese ruido de apocalipsis. Pero no contestó, permaneció callado seguro de que si decía algo todo se desvanecería.

 

Le había costado una vida entera darse cuenta de que todo cuanto había hecho, lo hizo con el único fin de relegar el recuerdo de Lin Ki a la última cámara de la memoria. Lin Ki en el parque, Lin Ki hablándole a los árboles, Lin Ki escondiéndose tras ellos, Lin Ki enterrando a su caballo Tua, Lin Ki diciéndole que ahora él sería su caballo y debía llevarla muy lejos, Lin Ki perdida, dónde estará Lin Ki, DaoFi has visto a Lin, no Wang no la he visto, hace días que no viene por aquí, Lin Ki dónde estás, te busco por todas partes, Lin Ki en el pueblo vecino, Lin Ki a través de la ventana en el interior de la casucha de Zhé, Lin Ki tirando sus grititos agudos y calientes a los oídos de Zhé, siendo lagarto pero no pájaro, ellos no podían ser pájaros, sólo éramos pájaros tú y yo juntos, Lin, la rabia, el dolor, el partirse en mil pedazos y recogerse de nuevo, los días que pasaron hasta el adiós, sus manos entrelazadas, ha llegado el bús, te deseo suerte Lin, la lluvia, siempre la lluvia, otra vez el sonido metálico en el techo del autobús, en el que se fue para no volver a verla.

 

Te toca Wang, es tu turno. Wang pasa el cartón por la máquina que agujerea el fin de la jornada. Se detiene, guarda el cartón en su chaqueta y la cierra. Intenta buscar un espejo antes de salir pero no encuentra ninguno. Se peina con ambas manos en un intento pueril de mejorar su imagen cansada y sucia. Se pregunta cómo se verá, cree que huele a animal muerto.

 

Camina por entre sus compañeros quienes se despiden entre risas y palmadas en la espalda. Oye su nombre, hasta mañana Wang, mañana te veo Wang, pero Wang no puede detenerse ni responder. Se está acercando al lugar donde hace 76 puestos en la cola la vio, clara y evidente, pero una vez allí no logra distinguir entre tanta gente la cara que ha venido a salvarle.

 

La busca a su alrededor, la busca por todas partes, se acuerda de sí mismo buscándola lo que le parecen mil años atrás. Pero Lin Ki no está. Se pregunta si ha sido un espejismo, si la lluvia y los olores en el aire hicieron un pacto para martirizarle. Esa noche se reunió con los de siempre, en la barbacoa de siempre, sacudiéndose la cabeza con el gesto de negación con el que se emprende de nuevo el camino al olvido.

 

China 02 · Señora Liou

Campos de cultivo, area rural de Loushan, Provincia de Guangxi.

La empuñaba con fuerza. Sostenía el hacha sobre su hombro izquierdo y, aunque la sujetaba con ambas manos, el peso de su herramienta inseparable hacía que se tambaleasen todos los huesos de su cuerpo. Los oía sonar como carillones de madera expuestos al viento. Salvo por ese murmullo esquelético de fracturas intermitentes, el silencio gobernaba herméticamente.

 

Cuando me encontró, unos días antes, yo venía del pueblo. Estaba exhausta de tanto andar, y busqué un espacio para despejarlo de hierbajos y arrancar lo más espeso, y así acampar allí. Entonces oí un grito. Alguien se dirigía hacia mí muy rápido. Apenas levantaba los pies del suelo y parecía que la maleza se abriese a su paso como el agua ante Moisés. Llevaba sobre el hombro izquierdo a su imprescindible amiga. Yo me asusté y me quedé inmóvil convencida de que mi piel era verde y me camuflaba entre la hierba. Pero me vio. Se paró ante mí. Me gritaba y se movía y hacía gestos con el brazo que le quedaba libre extendiéndolo y dando vueltas sobre sí para abarcar todo lo que le pertenecía. Cogió lo que yo había arrancado y me lo espetó en la cara para que lo oliera. Resultó ser que lo que arrancaba no eran hierbajos, sino una de las tres mil especies de verduras que se plantan en China. Ésa era su plantación. Eran campos cuyos límites sólo los conocían sus dueños. Colindaban unos con otros formando llanuras desoladoras y parecía haber una ley oculta entre los terratenientes, pues los días que estuve allí nadie nunca pisó las tierras del otro. Hasta ese día.

 

Me levanté al primer cantar del gallo. Desde la primera noche había dormido hasta muy entrada la mañana porque mi cansancio crónico me imantaba al colchón que me había prestado. Pero esa noche me pareció que a mi colchón le habían reventado los muelles o que me lo habían rellenado de piedras. Di vueltas en la cama hasta vomitar, y cuando ya no pude más me calcé las botas y pensé en darle una sorpresa: esa mañana cortaría yo la leña y antes de que se despertase ya estarían todas las cajas cargadas en la moto y nos iríamos a repartirlas bien pronto. De este modo, conseguiríamos el dinero de ese día antes de tiempo y el cobrador no volvería a pincharle las ruedas. Aunque nunca supe que era lo que le cobraba aquel hombre cada mediodía a las doce en punto, yo le ayudaba como si fuera a mí a quien mataría. Llegada la hora, veía como su cara inexpresiva y vacía se llenaba de un miedo tirano, que le desencajaba las facciones y le hacía parecer una ratilla de campo rogándole al halcón por su vida.

Pero mi intención de sorprenderle se desplomó cuando llegué al granero y vi que el espacio donde colgaba el hacha todas las noches, estaba vacío. Caí en la cuenta de que, en su casa, nunca me había levantado tan temprano, así que supuse que ya estaría en el bosque talando. Seguí el mismo sendero de los días anteriores. Sin embargo, ahora parecía diferente. Algo en él había cambiado. Tardé varios minutos en darme cuenta de que la tierra del sendero estaba alisada, convertida en polvo, como si alguien hubiese arrastrado algo muy pesado sobre ella. Mis botas no se adherían, se resbalaban. Llegué hasta el final de nuestro sendero, y me detuve. Me agaché para comprobar si el resto del sendero, la parte que ya pertenecía a otro terrateniente, también tenía la tierra convertida en polvo. Examiné el resto del camino con la mirada. Entonces la vi.

 

– Señora Liou? –

 

En ese mismo instante algo cayó al suelo produciendo un golpe seco sobre la tierra, como un enorme saco de arena tirado desde una ventana. Se giró y empuñó el hacha con ambas manos apoyándola sobre su hombro izquierdo, como si viniese de cortar leña. Jamás olvidaré el tambalear de su esqueleto y el clac-clac de sus huesos en mitad de aquel silencio. Sólo deseé que ese bulto fuese el cobrador que cada mediodía la hacía parecer el animal más indefenso del mundo.

China 01 · Número 13

Salón a la intemperie, periferia de Changsha, Provincia de Hunan.

No caminaba. Era arrastrada por un ejército de miles de personas que llegaban tarde a algún lugar. Al pisar su suelo me absorbieron. Los buscaba, tenía esperanza, pero ya no habían más ojos redondos. Ya no los habría. No habían vagones con espacio, ni personas sin prisa que se percatasen de mi cara de niña abandonada y perdida.

 

Salí de la ciudad bajo tierra y dije adiós al sol de occidente. En su lugar había una nube de polución gris, casi negra. Densa y hermosa. Dije también adiós a las calles vacías, a las aceras silenciosas, a entender los carteles y a cualquier posibilidad de comunicación clara y fluida. Vagué junto al ejército algunas horas. Anduve según la dirección de su corriente. Cuando no pude más, me senté en un banco de un parque. No tenía donde ir y me planteé pasar mi primera noche allí dentro. Entonces le vi. Estaba enfrente de mí, justo enfrente de mí, e iba de un lado a otro con las manos cruzadas en su espalda: un gesto evidente de espera. Más tarde supe que siempre lleva las manos detrás aunque no esté esperando.

 

No venía nadie. Creo que yo me impacienté más que él. De no haberle interrumpido estoy segura de que todavía seguiría esperando. Me acerqué y le toqué el hombro con el dedo índice tímida e imperceptiblemente. Al verme, su rostro reveló una gran decepción, aunque ninguna sorpresa. No sé qué me llevó a pedírselo. Supongo que mi miedo a esa nueva parte del mundo a la que acababa de llegar y su apariencia de padre protector y hombre respetable consiguieron que me atreviera. Aceptó. Le seguí durante diez minutos dos metros detrás de él. Me parecía un margen prudencial si no me gustaba el camino y tenía que salir corriendo. Llegamos a lo alto de un puente. Era la salida de una autopista y todos los coches iban muy rápido. Me obligó a cruzar el puente jugando a los kamikazes entre coche y coche. Conseguimos llegar al otro lado, donde se encontraban las escaleras que nos llevaban a su casa. Antes de bajarlas me dijo algo y yo entendí -o quise entender- que su mujer estaba cocinando y no le importaría darme de comer.

 

Bajo el puente había incluso más vida. Las aceras estaban repletas de pequeños salones al aire libre. Cada familia tenía a la intemperie un sofá o sillón, una mesa, y todos los trastos de casa que pretendían vender o intercambiar. Vi cómo el hombre saludaba a varias familias y éstas me escrutaban. Cuando llegamos al salón en su parte de la acera, toda su familia estaba ahí. Le tendí la mano a todos. También a su hija, quien dijo algo entre dientes, apretándolos con fuerza. Yo no sabía a quién se dirigía. Tuve que mirar detrás de mí para comprobar que no le hablaba a su madre o su hermano. Durante toda aquella tarde estuve preguntándome de forma obsesiva a quién miraba, y si me miraba a mí porqué tanta rabia. Cada uno de sus ojos tenía vida propia, yendo de un lado a otro como su padre al esperar.

 

Cuando cenamos, permanecí sentada en el borde de la acera rogando a cualquier Dios que también me invitaran a dormir. Me hubiese conformado con el sofá de la calle. Pero eso no ocurrió. Creo que su hija se lo prohibió. Antes de irme, el hombre, el primero de mis padres chinos, señaló el número trece diciéndome vuelve cuando quieras. Me fui pensando en que volvería cuando los ojos de su hija sepan decirme si es a mí a quien odian.

 

China 00 · INTRO

KURO Intro .01

Os presentamos el primer resultado de la fusión entre literatura y fotografía.Iniciamos el proyecto de una forma muy especial con este vídeo. De aquí en adelante, vosotros seréis quienes, con cada relato, deis vida a cada una de las fotografías que aquí se presenten.Bienvenidos a KURO

Posted by KURO on Jueves, 11 de febrero de 2016

Os presentamos el primer resultado de la fusión entre literatura y fotografía.

Iniciamos el proyecto de una forma muy especial con este vídeo. De aquí en adelante, vosotros seréis quienes, con cada relato, deis vida a cada una de las fotografías que aquí se presenten.

Bienvenidos a KURO

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